Durante tres décadas, la economía mundial redujo la pobreza extrema a una velocidad que parecía confirmar una vieja promesa del crecimiento global: que más comercio, más productividad y más integración acabarían filtrándose hacia los más pobres. Esa promesa sigue viva, pero hoy suena mucho menos convincente. El mundo ha hecho avances reales, pero la pobreza extrema se ha estancado tras la pandemia y la riqueza continúa concentrándose en la cima con una intensidad difícil de justificar políticamente o de ignorar económicamente.
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