En un entorno cada vez más incierto, donde la geopolítica se entrelaza con la arquitectura financiera global, el oro vuelve a consolidarse como pilar clave de la estrategia de reservas de los bancos centrales. Según una reciente encuesta del Consejo Mundial del Oro, realizada entre 70 bancos centrales, se anticipa una intensificación de las compras de oro en los próximos 12 meses, en paralelo a una disminución sostenida de la exposición al dólar estadounidense durante los próximos cinco años.
Este movimiento no es menor. Se trata de un cambio estructural que refleja tanto la erosión de la confianza en el dólar como el resurgimiento del oro como activo de reserva estratégica. De hecho, el 95% de los bancos centrales encuestados espera aumentar sus reservas de oro este año, el porcentaje más alto registrado desde que comenzó el estudio en 2018.
Geopolítica, sanciones y soberanía financiera
La aceleración de las compras de oro comenzó en 2022, tras la invasión rusa de Ucrania y las subsiguientes sanciones económicas lideradas por EE.UU. La exclusión de Rusia del sistema SWIFT y la congelación de sus reservas en divisa extranjera sirvieron de advertencia a otras economías emergentes: las reservas en dólares pueden ser vulnerables a decisiones políticas.
Este nuevo contexto ha llevado a una «repatriación silenciosa» del oro: bancos centrales como los de India o Nigeria han comenzado a trasladar parte de sus reservas físicas desde Londres o Nueva York hacia bóvedas nacionales. En la última encuesta, el 7% de los bancos centrales reconocieron que planean aumentar el almacenamiento interno de oro, el nivel más alto desde la pandemia de 2020.
¿Un dólar menos “seguro”?
El cuestionamiento al dólar como reserva de valor no es nuevo, pero ha cobrado fuerza. Los comentarios políticos erráticos en EE.UU., sumados a dudas sobre la neutralidad de sus instituciones financieras, han encendido las alarmas en más de una capital. No es casual que el propio expresidente Donald Trump pusiera en duda públicamente la existencia del oro en Fort Knox.
Aunque sigue siendo la principal divisa de reserva global, el dólar ha perdido algo de su aura de “refugio seguro”. Las tensiones comerciales, la fragmentación geoeconómica y el aumento de la deuda pública estadounidense lo han expuesto como un activo menos aséptico y más político.
Oro: sin riesgo de impago, pero con costes
Frente a ello, el oro presenta varias ventajas estratégicas: no tiene riesgo de crédito, protege frente a la inflación y se comporta bien en entornos de crisis. Su precio ha subido un 30% desde enero y se ha duplicado en dos años, en línea con el aumento de la demanda institucional y la percepción de riesgo sistémico. Ya es, de hecho, el segundo activo de reserva más importante del mundo, solo por detrás del dólar.
Sin embargo, el oro no es perfecto: implica costes de almacenamiento, problemas logísticos y una liquidez relativa frente a divisas o bonos soberanos. Aun así, los bancos centrales parecen estar dispuestos a asumir estos inconvenientes como parte de una estrategia de diversificación y control soberano.
¿Qué significa esto para los inversores?
Para el inversor particular, esta tendencia tiene implicaciones claras: los mismos actores que definieron el orden monetario posterior a Bretton Woods están ajustando sus carteras. No se trata solo de cubrirse ante la inflación, sino de un movimiento estructural hacia un sistema más multipolar, con reservas menos dependientes del dólar.
Desde WSV Research, consideramos que el oro puede cumplir una función complementaria en carteras diversificadas, especialmente en horizontes largos y como cobertura frente a eventos extremos. Además, esta tendencia de acumulación por parte de bancos centrales suele proporcionar un soporte estructural al precio del oro, reduciendo su volatilidad relativa.
El mensaje es claro: el oro no ha perdido su brillo. Simplemente, está recuperando el lugar que nunca debió ceder.


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