La Paradoja de la Resiliencia: Cómo los Caprichos de Trump Erosionan los Cimientos del Orden Global


DAVOS, Suiza – En el epicentro alpino del poder global, donde la élite se reúne para dar forma al consenso, ocurrió lo impensable. El presidente de los Estados Unidos, desde el púlpito principal, declaró una guerra comercial no a un rival estratégico, sino a los aliados más cercanos de su nación, muchos de ellos sentados en la sala. Este momento, tan surrealista como revelador, encapsula la nueva realidad axiomática: Estados Unidos ya no es predecible ni está sujeto a ningún principio fundamental de actuación, salvo la volatilidad misma.

La pregunta que atormenta a inversores y estrategas es: ¿qué significa para el futuro económico global depender de los impulsos de la principal potencia mundial?


Curiosamente, los datos macroeconómicos inmediatos pintan un cuadro de robustez. Como señalan las últimas Perspectivas Económicas Mundiales del Banco Mundial, la economía global ha demostrado una «notable resiliencia». La recuperación de la recesión pandémica de 2020 ha sido, en términos agregados, la más sólida en seis décadas, impulsada en su día por el éxito de la Operación Warp Speed del primer mandato de Trump –un contraste abismal con el escepticismo científico de su segundo gobierno–.

El FMI corrobora esta visión: prevé un crecimiento global estable en torno al 3.2%-3.3% para 2026-2027, ligeramente revisado al alza. La combinación de políticas monetarias y fiscales expansivas, el boom bursátil y la euforia por la IA han actuado, por ahora, como un potente amortiguador frente a la incertidumbre y a los aranceles –estos últimos, menos agresivos de lo inicialmente temido–.

¿Podría concluirse, entonces, que el impacto económico de esta era se reduce a una mera volatilidad retórica, con un efecto limitado sobre los fundamentos del crecimiento? La tentación de adoptar una visión complaciente es comprensible. Los costes tangibles de iniciativas como las sanciones a Venezuela han sido acotados, y las amenazas comerciales más extremas contra China han encontido, hasta ahora, una contención práctica. Superficialmente, esto podría interpretarse como una política de mayor ruido que consecuencias materiales.


Esta complacencia es un error profundo. Lo que estamos presenciando no es un simple ciclo de política agresiva, sino el borrado deliberado y a cámara lenta de los sistemas operativos del orden económico y político posterior a 1945.

La credibilidad de EE.UU. como socio confiable se está destruyendo, quizás de forma permanente. A nivel doméstico, pilares como el Estado de derecho, la estabilidad fiscal, la independencia de la Reserva Federal y el compromiso con la ciencia están bajo asalto directo. Internamente, la imprevisibilidad ya es un riesgo sistémico.

A nivel global, el daño es catalítico. La administración ha iniciado la retirada de 66 organizaciones internacionales, incluyendo 31 agencias de la ONU. La OMC es irrelevante. La cooperación climática y en salud pública está rota. Y la guerra declarada a la UE –aliado histórico– no es una táctica negociadora; es un acto de desmantelamiento institucional.


El verdadero riesgo para los inversores no es la recesión del próximo trimestre, sino la erosión acumulativa de los bienes públicos globales que han sustentado la prosperidad y la estabilidad de los mercados durante décadas.

  1. Estabilidad Monetaria y Financiera: El asalto a la independencia de la Fed y el uso del dólar como arma política arrojan dudas sobre los cimientos del sistema financiero global.
  2. Seguridad Jurídica: El desprecio por las reglas, sustituidas por transacciones basadas en el poder momentáneo, incrementa exponencialmente la prima de riesgo para las inversiones a largo plazo y las cadenas de suministro complejas.
  3. Cooperación en Crisis: La respuesta coordinada a la pandemia fue una anomalía que no se repetirá. La próxima crisis –sanitaria, climática o financiera– encontrará un mundo fragmentado y sin mecanismos de respuesta efectivos.

Las víctimas ya son visibles en los márgenes: la recuperación ha dejado atrás a casi el 40% de los países de bajos ingresos, cuyo PIB per cápita en 2025 seguirá por debajo de los niveles de 2019. El progreso contra la pobreza extrema se ha estancado. A Davos esto puede no importarle, pero es el canario en la mina de la gobernanza global.


Sí, la innovación –el boom de la IA– continúa. Sí, como dijo Adam Smith, «hay mucha ruina en una nación», y la economía mundial tiene un colchón profundo. La resiliencia a corto plazo es real.

Pero la estrategia de inversión no puede basarse únicamente en la inercia del crecimiento. Debe comenzar a internalizar el riesgo de régimen: el riesgo de que el marco estable de reglas desaparezca, sustituido por la volatilidad idiosincrática de un poder hegemónico en desintegración autoinfligida.

La paradoja actual es que los mercados se nutren de la liquidez y el dinamismo estadounidense mientras su gobierno socava activamente los pilares que hicieron posible ese mismo éxito. Poner a prueba la famosa frase de Smith hasta el punto de la destrucción estadounidense y mundial no es una estrategia; es un salto al vacío con los ojos cerrados. La resiliencia tiene un límite, y estamos jugando a encontrarlo.

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